viernes, 19 de junio de 2015

Luchadores del ocaso. Represión, guerrilla y violencia política en la Asturias de posguerra (1937-1952)



Diez años ha tardado el historiador Ramón García Piñeiro (Sotrondio, Asturias, 1961) en culminar Luchadores del ocaso, la obra definitiva sobre los más de diez mil fugaos que se echaron al monte en Asturias tras la guerra civil. Un monumento historiográfico que recorre con minuciosa pulcritud todo lo que puede ser sabido sobre los perdedores de la contienda que no entregaron las armas tras la derrota republicana y se vieron sometidos a un hostigamiento exterminador. “En réplica al revisionismo neofranquista, -argumenta el autor en el preámbulo al libro- Luchadores del ocaso pretende demostrar que el régimen no fue, en esencia, una dictadura modernizadora, sino un sistema de dominación social mediante el uso sistemático de la violencia y el terror para perpetuarse.”



No carece de fundamento conjeturar que el 21 de octubre de 1937 entre 10.000 y 15.000 derrotados se emboscaron o se escondieron tras la derrota republicana en Asturias, de los que un millar fueron capturados durante el primer mes de persecución . La estimación, considerada exagerada por un reputado especialista, toma como referencia el recuento oficial de muertos, capturados y presentados realizado en mayo de 1938. Según este balance inicial, tras un semestre de batidas, fueron capturados 601 huidos, fallecieron en encuentro con la fuerza pública 1.208 y se entregaron a las autoridades 5.961 .


Von Stohrer, el embajador alemán acreditado en la España franquista, remitió el 19 de mayo un informe a Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores, en el que destacó, sin cuantificar, la magnitud de las bolsas de resistencia armada subsistentes en Asturias. En una nota previa, citando a Franco, había precisado que, tras el desmantelamiento del frente, no habían entregado sus armas unos 18.000 republicanos . Particularmente en esta región, reconoció Eduardo Munilla en un estudio pionero de la guerrilla desde la óptica del régimen, los huidos “constituyeron un verdadero problema” . De distintas fuentes se infiere que, al término de la Guerra Civil en España, aún subsistían emboscados en Asturias no menos de dos mil derrotados . En un informe de 1940, el comunista Pedro Checa cifró en millares los huidos dispersos por Asturias, cuyo número tendía a aumentar por la convergencia de “libertados de campos de concentración, fugitivos e, incluso, soldados que desertan.



Muchas son las virtudes del libro: el ánimo exhaustivo, que lleva a su autor a investigar la formación y composición de cada partida de fugaos, sus adscripciones políticas, sus tácticas de supervivencia, el repertorio de sus acciones, su vida sexual, las peripecias biográficas de cada uno de ellos, los métodos de contrainsurgencia a los que hubieron de enfrentarse, su final. Nombre a nombre, concejo a concejo, pueblo a pueblo, el libro cuenta, con una prosa escueta, brillante y eficaz, cientos de historias terribles: padres quemados vivos con su hijos, guerrilleros muertos a martillazos, historias de amor, traiciones familiares, actos de abnegación inaudita…
Cada dato está documentado por testimonios personales, por un barrido de las causas judiciales correspondientes o por una referencia bibliográfica. Cuatro índices (onomástico, de alías y pseudónimos, toponímico y analítico; en total, casi cien páginas) permiten moverse por el libro con soltura, y localizar personas y lugares. Una edición primorosa, en tapa dura y papel semibiblia, y un generoso cuerpo de ilustraciones, completan una obra emocionante, a la que acudir para contrastar un dato o una leyenda familiar, o para perderse en las mil y un historias que encierra.



En Asturias no se exigió “un bautismo de sangre” para aceptar al neófito, pero alguno, mottu proprio, intentó dar rienda suelta a su rencor y saldar cuentas pendientes antes de tirarse al monte. En ninguno anidó un deseo de venganza tan justificado como en José Alonso Fernández (a) Raxau, cuyo padre desapareció al término de la Guerra Civil y su madre fue represaliada, cuando estaba embarazada, en su presencia. En 1939, con 12 años, una hermana y él fueron objeto de un simulacro de fusilamiento para que desvelaran el paradero de su progenitor. En aquel trance, reconoció que pasó tanto medio que estuvo a punto de delatarlo, pero se contuvo porque “se acordó de su madre, a quien temía más que a la Guardia Civil”. Ante su mutismo, le obligaron a tenderse en el suelo y simular que estaba muerto para hacer creer a su hermana que, si no colaboraba, recibiría un trato análogo, añagaza que no surtió efecto porque, en un descuido de sus captores, pudo guiñarle un ojo y demostrarle que seguía vivo. El 9 de septiembre de 1948, al tomar la determinación de unirse a la guerrilla, quiso dar rienda suelta al resentimiento tanto tiempo acumulado. Ese día, mercado semanal en Laviana, no fue a trabajar en Coto Musel y, con otro huido, simuló a media tarde que pretendían atracar una sucursal del Banco Herrero. Distraída la fuerza pública con el señuelo, atentaron contra su verdadero objetivo: Alfonso González Concheso, jefe de la contrapartida de Soto de Agues (Sobrescobio), subcabo del somatén, miembro de la Brigadilla y objetivo prioritario de las partidas del Nalón. No atinó con el blanco, dada la precipitación con la que procedió, pero hirió a su hermano Paulino y a otra pieza no menos codiciada: Amador Salvador Peón, cabo de la Brigadilla. Por el impacto de una bala perdida resultó herido en un muslo Manuel Fernández Fuente, un vecino de Los Tornos que había acudido al mercado. Tras huir vadeando el Nalón, fueron hostigados hasta Les Llinariegues por guardias civiles, componentes de la brigadilla, somatenistas y contrapartidas, pero pudieron escapar al cubrirles la retirada un guerrillero que estaba apostado en la margen izquierda del río, con el que se dirigieron, monte arriba, hacia Les Bories, de donde era natural.


 Mayor reproche mereció, por la condición de izquierdista de la víctima, el acto de soberbia que protagonizaron la madrugada del 16 de agosto de 1949 en la romería del Fresnu (San Martín del Rey Aurelio). A la fiesta asistieron Raxau y Mario el Gitano, que confraternizaron con la concurrencia, en su mayoría mineros de La Invernal, La Invernite y Peñateyera, casi todos de izquierdas. Por motivos no concretados y bajo los efectos del alcohol, los jóvenes guerrilleros se enzarzaron en una discusión con Enrique Roces García, al que la Guardia Civil tenía catalogado como “jugador y pendenciero”, calificativos con los que solía etiquetar a los desafectos. Tras la acalorada discusión, acompañado de otros romeros, Enrique emprendió el camino de regreso a Peñateyera, pero, inopinadamente, regresó al prado de la fiesta, buscó a Raxau y lo abofeteó. Este, al grito de “al Pinto no le pega una hostia nadie”, se identificó como el Raxau de Villoria, sacó la pistola y lo mató de un tiro. Consumada la agresión, golpearon a los pocos testigos que quedaban y les conminaron a que se marcharan para sus casas sin volver la vista. Aunque se mostró condescendiente con los huidos, un enlace de la dirección exiliada del PCE que se encontraba en Asturias calificó el incidente de “acto de bandolerismo”. En su versión, la víctima y sus amigos estaban borrachos, molestaron a los guerrilleros y estos, “inconscientemente, dispararon”. No obstante, reconoció que ambos recibieron una “severa reprimenda de Caxigal y Sabugo”, quienes les amenazaron con fusilarlos si no se enmendaban


Luchadores del ocaso. Represión, guerrilla y violencia política en la Asturias de posguerra (1937-1952)
Ramón García Piñeiro

Editorial: Krk   Fecha de publicación: 21/05/2015   Páginas: 1216


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