jueves, 12 de marzo de 2015

En el quincuagésimo aniversario del asalto a la Comisaría de Mieres



      Un 12 de marzo de 1965, hace ya cincuenta años, el formidable ciclo de movilizaciones obreras abierto en Mieres por la emblemática “huelgona” de la primavera de 1962 saltaba de las minas a las principales calles y centros de poder del casco urbano de la capital municipal.
Aquella huelga había dejado tras de sí un rastro de doscientos desterrados que solo retornarían a su tierra en 1964. Pero ese mismo año, y como consecuencia de los conflictos de los dos últimos culminados en la gran huelga de aquel, otros cuatrocientos cincuenta mineros serían despedidos por su participación en actividades reivindicativas.
Aquellos hombres, trabajadores reconocidos por su diligencia tanto por sus compañeros como por sus propios patronos, no solo eran privados de sus empleos sino también vetados para cualesquiera otros, dependiendo para su subsistencia de lo que, el mismo año del regreso de los desterrados, se denominaría Fondo Unitario de Solidaridad Obrera.
Ese fondo daba buena cuenta del nivel organizativo existente entre unos trabajadores inmersos ya desde la huelga de la gijonesa mina de La Camocha de 1957 en el proceso de constitución de unas Comisiones Obreras en que coincidían comunistas, cristianos de base y trabajadores de otras orientaciones ideológicas o ni tan siquiera alguna.
Recibidas las cartas de despido recién acabada la huelga de 1964, los trabajadores comienzan a recabar la información relativa a los represaliados en los diferentes centros de trabajo para, con ella, convocar una Asamblea General, celebrada en un prado del alto de Santo Emiliano, en que se elegiría una Comisión de Despedidos.
El 9 de marzo de 1965, la citada Asamblea General celebra una multitudinaria reunión en la Casa Sindical de Mieres en que participa la práctica totalidad de los despedidos y que, aprovechando la fortaleza del Partido Comunista de España en la localidad, decide convocar una gran manifestación en ella para el día 12 en demanda de sus reivindicaciones.
Al día siguiente, los trabajadores obtienen entre insultos y amenazas el compromiso por parte del delegado de la Organización Sindical Española en Mieres, Avelino Caballero, de que Noel Zapico, Presidente, entonces, de la Sección Social del Sindicato Provincial del Combustible, asistiría a la asamblea convocada en la Casa Sindical para las cinco de la tarde del 12 de marzo.
Ese mismo día, los miembros de la Comisión de Despedidos son detenidos, siendo conducidos, en primera instancia, a los sótanos del Ayuntamiento; para ser trasladados después a las dependencias de la Brigada Político-Social en Oviedo.
En las horas que median entre las asambleas de los días 9 y 12, el Partido Comunista y las Comisiones Obreras, por entonces ya en pleno proceso de consolidación, ponen en funcionamiento su maquinaria de movilización consiguiendo aunar a una auténtica masa de trabajadores que, en la mañana del día 12, abarrotarían los trenes y autobuses en dirección a Mieres.
Los bares y cafeterías de la villa rebosaban grupos de trabajadores bajo la consigna de haber acudido a Mieres a escuchar la intervención de Noel Zapico en la asamblea convocada para esa tarde en la Casa Sindical; pero, su verdadero propósito no era otro que el de realizar la manifestación previamente planificada.
La Fuerza Pública presente en la localidad se restringía a una treintena de miembros de la Policía Armada, los residentes en el cuartel de la Guardia Civil y los de la policía local, a cuyo frente se situó Claudio Sánchez Ramos, Jefe de la Brigada Político-Social en Asturias, llegado esa misma tarde desde Oviedo para la ocasión.
A la hora convenida, un jovencísimo Gerardo Iglesias es conducido en una motocicleta pilotada por José Celestino González, “Tino el del alto”, por las cafeterías y bares en que se distribuían los trabajadores venidos de diferentes partes del centro de Asturias para que fuera dando aquel la señal de dirigirse a la Casa Sindical.
Cuando la Policía Armada, que permanecía acuartelada desde primera hora de la tarde, detecta el movimiento, Claudio Sánchez Ramos ordena que sea este instituto armado el que acuda a la Casa Sindical, evitando una intervención de la Benemérita cuyo armamento militar podría haber acarreado un buen número de muertes.
En la plazoleta de la Casa Sindical se produce la primera detención en la persona de José Ramón Fernández, “Teverga”, al impedir este la de “Tino el del alto” propinando un empujón al Policía Armada que pretendía prenderlo, siendo trasladado inmediatamente por ello a la Comisaría del Cuerpo General de la Policía de Mieres.
La muchedumbre asalta la Casa Sindical, ocupa sus escaleras y salas y, desde sus ventanas, se improvisan entusiásticas arengas protagonizadas, en su inmensa mayoría, por mujeres que claman por los empleos de sus maridos, la necesaria solidaridad entre los trabajadores y el sustento de sus familias e hijos.
Conocida la detención de “Teverga”, la multitud decide dirigirse hacia la Comisaría para liberarlo. A su paso por la Escuela de Capataces, los manifestantes animan a los estudiantes, que proferían insultos contra la Policía Armada, a unirse a ellos; cargando por ello dicho cuerpo contra los que salían de la Escuela en ese momento con el propósito de hacerlo.
La manifestación continúa hacia la Comisaría coreando lemas como los que reclaman “pan pa’ los fíos de los despedíos” tratando algunos de sus componentes de asaltar a su paso el Ayuntamiento, sito ya en las proximidades de la Comisaría, donde encontrarían la resistencia del temido cabo Blanco, Jefe, por entonces, de la policía local.
El núcleo principal de los insurrectos llega, finalmente, a la Comisaría donde, junto con el detenido “Teverga”, tan solo aguardan tres policías que oyen aproximarse al gentío “como el enjambre que se acerca en el campo a uno”, según testimonio de uno de los cercados.
Estos solicitan telefónicamente directrices de la Brigada Político-Social de Oviedo, desde donde se les ordena no utilizar sus armas de fuego y saltar por las ventanas de la parte posterior del edificio, de ser ello necesario.
Desgraciadamente para ellos, dichas ventanas se encontraban ya entonces abarrotadas, por lo que la vía de escape que les sugerían sus mandos ovetenses resultaba impracticable.
Sin otra posibilidad que resistir, los policías cierran el portal que da acceso a la Comisaría, ubicada en un primer piso, y, cuando es este rebasado, uno de ellos enfrenta cuerpo a cuerpo a los manifestantes que, de uno en uno, suben por la estrecha escalera del edificio.
Poco después, llega a su rescate la sección de la Policía Armada comandada por el teniente Tomás y Claudio Sánchez Ramos quienes ordenan cargar para despejar el portal de la Comisaría y poder formar así una línea defensiva desde la que repeler a porrazos las cargas de los manifestantes.
Son de todos recordadas las escenas de gorras policiales lanzadas al aire por los golpes recibidos de los sublevados; así como, de zapatos femeninos arrojados a las ventanas a las que se asomaban los policías sitiados, junto con toda clase de piedras y palos.
Tras un cuarto de hora de duro combate, y gran número de contusionados y heridos, los manifestantes, ya hacia las ocho de la tarde, comienzan a replegarse, al tiempo que llegan los refuerzos policiales enviados desde Oviedo que baten con dureza a cuantas personas, sin distinción de condición, se encuentran en las proximidades de la Comisaría.
Tras dos horas de tumulto, el asalto a la Comisaría había fracasado, varios policías serían condecorados por su defensa numantina de las dependencias policiales y la represión alcanzaría a los muchos que acudieron a curarse a la Casa de Socorros, al ser identificados de tal modo como participantes en la algarada.
“Teverga” sería liberado a las cuatro de la madrugada siguiente observando estupefacto a su salida los restos de cristales rotos, palos, piedras, gorras y zapatos dejados por la batalla campal de la tarde previa dirigiéndose, a continuación, en un taxi a su domicilio en el vecino municipio de Langreo.
Y, sin embargo, no por ello dejó de haber algo de cierto en la impresión de algunos de los intervinientes en aquellos sucesos que, hechas jirones sus prendas y ensangrentados sus rostros, regresaron aquella tarde a sus casas satisfechos y creyendo haber derrotado al Régimen del General Franco en las apenas dos horas que duraron los disturbios.
Los despedidos de la huelga de 1964 aun habrían de esperar al encierro de 1967 en el “pozu Llames”, en la población mierense de Ablaña, para recuperar su derecho a trabajar. Y, hasta el Real Decreto Ley sobre Amnistía de 1976, ni harían lo propio con sus antiguos puestos en la minería; ni les serían restituidas sus cotizaciones sociales.
Pero, treinta años después de octubre de 1934, los trabajadores del campo antifranquista, hegemonizado entonces por el Partido Comunista, aunque integrado también por otros colectivos y grupos, volvían a “asaltar el poder local”. Apenas dos años después de ejecutado vilmente el camarada Julián Grimau, el terror represivo era, de algún modo, quebrantado para ya no volver a restablecerse del todo.
Aquel episodio, segundo hito del período que media entre la huelga de la primavera de 1962 y el encierro del “pozu Llames” de 1967, se inserta en otro más amplio que se remonta desde los estertores de la autarquía de los primeros dos decenios del Régimen franquista hasta la Transición Democrática; desde la Ley de Convenios Colectivos de 1958, hasta la Ley del Estatuto de los Trabajadores de 1980; desde el Plan de Estabilización de 1959, hasta los Pactos de la Moncloa de 1977.
Una etapa esa de profundísima transformación de las estructuras socio-económicas de nuestro país atravesadas por la maduración de un movimiento obrero dominado por un Partido Comunista que empezaba a recoger los frutos de la política “entrista” sugerida a Santiago Carrillo por “Stalin” en su entrevista de 1948 conforme a la experiencia del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia y puesto en práctica a partir de las elecciones sindicales de 1953.
Una etapa en que tanto la clase obrera de Mieres como la organización del Partido Comunista en la localidad tendrían un extraordinario protagonismo cuya huella oral se ha encargado de recoger y preservar, mediante un abundante número de entrevistas personales realizadas entre los años 2006 y 2015, el documentalista mierense Alberto Vázquez en su monumental obra “Poca Ropa” .
Una obra compuesta con el tesón y la oportunidad de quien de veras ama a los genuinos protagonistas de nuestra historia colectiva: las mujeres y hombres que con sus propias manos conquistaron los espacios de libertad en cuya grieta aun habitamos; el “pueblo laborioso” de Mieres y la entera España; las gentes combativas y corrientes de la mar, los huertos, minas, lares y talleres.
Tan solo cuando sus voces se apaguen para ya jamás alzarse, comprenderemos, quizá, hasta que punto valen más, desde un punto de vista político, ese puñado de testimonios espigados por Alberto que las mil componendas y bizantinismos de todos los Secretarios y responsables políticos que por esta tierra tan fecundada por el trabajo pululamos.
“El día 12 de marzo
y en Mieres se convocó
a las cinco de la tarde
una manifestación.
Son obreros y estudiantes
mujeres, niños y ancianos
que gritan todos a coro
sentimientos muy humanos.
[…]
Nunca en España se ha dado
pueblo de tanto heroísmo
desde que la historia trajo
la maldición del franquismo.
[…]
Asturias escribe así
nueva página en la historia
de este pueblo soberano
que a la tiranía odia.
Son las dos cuencas mineras,
la del Nalon y el Caudal,
paladines de esta lucha
que anuncia ya libertad.
Y, por eso, camaradas,
hemos de luchar unidos
para tener libertad
y derrotar al franquismo” .
Notas:
1. Para los interesados en el documental sobre la lucha antifranquista en Mieres “Poca Ropa” en que se recogen los testimonios sobre el “asalto a la Comisaría de Mieres” utilizados en la elaboración de este artículo:bertovg@hotmail.com

2. Fragmento del poema compuesto por “Ginio el quemau” y Encarna Álvarez en 1965 y conservado oralmente por esta última durante treinta y tres años.

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